miércoles, 21 de marzo de 2018

Estereosexual

Esto me lo contaste en los pasillos de un diario que se llama El Decano (me brota la originalidad). Perdóname por escribirlo, pero puedo decir que te llamas Rosario, como los que se rezan, así que no te preocupes. ¿Ficción-realidad? Como siempre, a su juicio.

-"Llegamos. Que tenga un buen día y ojalá se mejore", me dijo el taxista cuando interrumpió lo que pudo haber sido un breve sueño. Genial, tenía cara de enferma, algo no tan denigrante.

Turno de fin de semana. Gracias a ese señor de bigote no llegué tan atrasada a la redacción, aunque evaporando los brebajes de la noche, con la misma ropa, con el mismo peinado.

Dos cervezas con limón de pica en Manuel Montt. Después, en el Bar The Clinic por allá por Bellas Artes, todo se pudrió con un espumante y unas papas fritas rústicas asquerosamente grasientas, como todo en ese local del "red" set. Una vez vi a un diputado sentado en la barra exigiendo whisky on the rocks para ahogar las penas como Steve Carell en "Loco y Estúpido Amor": lloraba por una tal Pamela. Claro que aquí el maldito no se llamaba David Lindhagen. Era un tal Carlos que vivía en Pudahuel.

Las ideas empezaron a fluir a velocidad reducida y la capacidad de reacción ya tenía sabor a sábado, porque por inercia llegamos a El Túnel, pagamos los mismos $12 mil que le cobran a los gringos por entrar y la luz se apagó, se encendió, se apagó y se encendió.

Cuando mis acompañantes iban en el séptimo beso prohibido me fui a la barra, pasé por el baño y volví a la barra. Una pareja me observaba hace rato. Ella castaña, él castaño, ella de ojos verdes, él de ojos café.

Sentada en la barra respirando calor gringo-francés, se me acercaron los dos.

-¿Te podemos invitar a un trago?
-Yo les elegiré uno, nos dijo él a las dos.

Nunca supe si eran pareja, sólo que habían salido juntos y que eran compañeros de trabajo.

-¿Y en qué trabajan?
-Somos justicieros ¡Salud por eso!

Abogados, mal pensé (por primera vez).

Del puro misterio que me causaron se me pasó el efecto del espumante, el recuerdo de las papas del Clinic y hasta la preocupación por un boleto de pasaje que había perdido hace dos días y que no estaba en el bolsillo de ninguna chaqueta ni cartera.

A la sexta canción, supe por fin lo que querían y las razones por las cuales habían llegado a mi.

Él me dice que le encanta mi mirada. La mira a ella, me mira a mi, me da un beso, después le da otro a ella. Y aquí sucedió lo inesperado: ella me toma la cara y me da exactamente el mismo beso. Después le da otro beso en el cuello, a él.

Busca tríos. Eso eran -al menos por esa noche- los dos justicieros.

"Como besos y abrazos no sacan pedazos"... mal pensé (por segunda vez). Porque justo ahí llegó la invitación al departamento del Barrio Brasil donde, claramente, al menos dos tenían que sacarse la ropa.

Ese día el turno comenzaba en 45 minutos más, a las 06:30. A Cenicienta la salvó el reloj.

-¿Te vamos a dejar?

(¿Y si me raptan?)

Me fueron a despedir al taxi. Besos para allá, besos para acá. Besos de a dos, besos de a tres. Besos estereosexuales. Besos al cielo, besos al sur.

El editor llegó una hora después y aquí ocurrió otra cosa extraña: una de las dos policías realizaría una pauta un domingo (domingo de febrero, los periodistas sabemos cómo son los domingos de febrero) y me dejó "de franco" hasta las 10:00, hora de la pauta.

Leo el diario, como, pestañeo, estudio cifras previas a las que recibiré en la pauta para tener contexto. Vuelvo a pestañear. Me subo a un móvil. Me bajo en la pauta. Ya estoy en la pauta.

-"Comenzaremos en dos minutos", dijo el de comunicaciones mientras ajustaba un data.

Y ahí, como en la mejor de las visiones y actuaciones de La Isla de la Fantasía, aparecen uniformados los dos justicieros. Peinados, impecables y más perfumados que nunca.

Todo fue porque la play list de esa noche también fue estereosexual:

-Depeche Mode: Everything counts.
-Madness: Our house.
-Blondie: Atomic (faltó Renton y Diana, eso sí. Y hablando de ellos, escuchen a partir del 00:20 porque esta también sonó).
-OMD: Dreaming.
-Bananarama: Love in the first degree.

jueves, 8 de marzo de 2018

Cansado, pero mejor

"Cansancio". Esa fue su respuesta cuando le pregunté qué le pasaba.

Los trasnoches a los 18 o a los 20 sí qué eran trasnoches. Con un cuerpo a mil, hormonas a mil, ideas a mil, ganas de hacer cosas a mil, pensar cosas por mil y todo por mil y dos mil.

Y fue ahí cuando me confesó que pese a todos los "mil", hubo unos "mil" que fueron "cien" y que pudieron haber sido hasta veinte mil. 

Viaje en el tiempo: 18 años atrás.

-"¡Sexo, drogas y alcoholismo: Escuela de Periodismo! Grité esa cuestión para el mechoneo y me entusiasmé, pero me fui para adentro después. Más bien, me puse a pololear y a esa edad tienes que hacer otra cosa terminada en "ar" que no comienza precisamente con 'polole'", me dijo.

Para alguien que venía del mundo aro de perla, la promiscuidad de ese lugar parecía sacada de las historias de la Cosmopólitan. Olor a pasto quemado, olor a candola, pelos verdes sin estilo y marihuana asquerosa, siempre asquerosa.

-¿Y qué te pasó con tanto trasnoche?
-Empecé a alucinar. Una vez pensé que estaba en Miami.
-¿Ácido?
-No, cansancio.
-¿Y el pololo?
-Me gorreaba con la gorda de segundo.

Era años de messenger con cuentas horrendas de mail en Hotmail. Esa noche me saludó con un emoticón.

Si hay algo que me asustaba era su obsesión con la gente medio nórdica porque la consideraba más linda. Pero eso da para post, para el medio post.

-Me dijo que fuera a hacer el trabajo de comunicación a su casa.

Y me hablaba porque el dilema -en medio de la inexperiencia pre veinteañera- era si llevaba o no llevaba pijama. 

-Cuando terminen de trabajar le pides una polera prestada para dormir.

De algo que sirviera leer la Cosmopólitan. 

El café fue breve, pero recordamos el gran consejo del messenger. Concepción está cambiado para las dos, tras un retorno con romances de tintas en otros lados. Si en esos años hubiese existido Olas Gigantes de Denver la hubiésemos descargado por Kazaa.

Hoy las cosas se hacen mejor. Con cansancio a veces, pero mejor.

domingo, 28 de mayo de 2017

La vergüenza en los años Kodak

En algo fue más fácil ser hijo en los años Kodak: la foto de la vergüenza desaparecía misteriosamente del álbum brillante y pegajoso. La evidencia de ese secuestro sólo quedaba al descubierto cuando una madre o padre buscaba ese registro gráfico para mostrarlo a las visitas. Los de hoy no se salvan: los padres están a un clic y ahí queda, a disposición del cibermundo, la foto de la vergüenza.


Siempre hubo una foto de la vergüenza: la del primer baño, la del primer día de clases, la del disfraz, la de los ojos rojos. Una semana esperando que Kodak o Fotos Lola te entregara el sobre con los negativos para encontrar fotografías con ojos rojos o cabezas cortadas.

Las fotos naif, las de la vergüenza, las de Fiestas Patrias, las de fin de año. Todas estaban ahí, en el álbum brillante y pegajoso que nadie sabe quién compró, pero que almacena -hasta el día de hoy en mi casa al menos- esos papelitos con momentos estampados y que hoy están en peligro de extinción.

Y la foto de la vergüenza también corre peligro de esfumarse, porque hoy te capturas 10 veces hasta verte bello y decente, no pierdes dinero y cuentas con Apps y Photoshop para borrar las espinillas.

Al menos podemos decir que los que vivimos nuestra infancia en los 80 y 90 tuvimos la posibilidad de inspeccionar la casa, encontrar el álbum y cortar en pedacitos a la foto de la vergüenza, o esconderla bajo un colchón, o potenciar la combustión lenta en invierno.

Nota: aquí no cuenta para nada la foto del carnet de identidad, esa es un mundo a parte, es única, no tiene remedio y será la gran foto de la vergüenza for ever.

Pero los de hoy no tienen escapatoria y cada día que pasa empatizo más con ellos. En mi Facebook e Instagram hay mamás y papás que suben fotos del hijo recién salido del útero, del hijo sucio, del hijo limpio, del hijo disfrazado, del hijo con pataletas, del hijo durmiendo, del hijo despertando, del hijo pololeando, del hijo en traje de baño, del hijo en la tina, del hijo con el perro, del hijo en júpiter, del hijo en marte y del hijo en la playa.

Convengamos que antiguamente los padres mostraban la foto de la vergüenza a un círculo de confianza (tía, abuela), pero hoy en día en redes sociales muchos tienen de "amigo" hasta el gato del vecino. Atroz.

En los 80-90: Un hijo borraba evidencias.
Hoy: Nadie puede luchar con un padre-madre con smartphone.

Por eso me quedo con la vida en modo rewind. Y lo mejor es que las fotos de la vergüenza, aún presentes en mi casa, a estas alturas me gustan.

viernes, 15 de julio de 2016

Un retorno

-¿Y a ti qué te gusta?
-Pasarlo bien.
-Ah, te gusta salir, la noche, el carrete.
-No. Me gusta pasarlo bien.

Si bien el balcón del noveno piso nunca me tentó, tenía que tomar medidas antes de que terminara seduciéndome.

"Me avivo al tener momentos fugaces y empiezo a sentir señales de luz". Tal cual, así tal cual como la canción de la Javiera Mena.

Fui donde el periodista de los ojos azules, el bueno, el más sabio de todos.

-¿Tú qué harías en mi lugar?
-Agarro mis cosas y me largo.

"Un nuevo sabor deslizándose más, no tengo razones para sufrir" ¡Eso era! "El amanecer" de la Javiera me daba la respuesta. Respuesta que ya sabía. Igual esperé ¿Por qué esa canción? Era la que estaba sonando.

-No te entiendo. Entonces ¿Cómo lo pasas bien?
-Haciendo lo que quiero: Si quiero trabajar mucho, trabajo mucho; si quiero leer, leo; si quiero viajar, viajo; si quiero estudiar, estudio; si quiero dormir, duermo. Y si me quiero ir, demorarme lo menos posible en empacar y esfumarme de ese lugar.

Empezó a sonar Astro. "Mucha bencina para quemarme. Mucha parafina para quemarme".

Y pese a todo lo bueno, ese fue el primer día de muchos otros primeros días en que ni mis cenizas quedarían por ahí.